En esta columna, Sofía Bracamonte analiza “Los cachorros” una de las principales obra del escritor peruano Mario Vargas Llosa, publicada en el año 1967 mientras arreciaba ya el “boom latinoamericano”. Advertencia: se discuten algunos elementos de la trama que revelan parte de la misma.

Escribe: Sofía Bracamonte

loscachorros

Relata la historia de un grupo de amigos y en especial de “Cuéllar”, desde que éste último se incorpora al colegio en “Tercero A”. De ser “el nuevo” a pasar ser uno más de los amigos, sólo hubo un par de recreos y partidos de fútbol de por medio. Choto, Chingolo, Mañuco y Lalo lo incorporan inmediatamente y lo hacen uno de ellos. Entrenan para lograr estar en el equipo del colegio, hasta que a la salida de uno de esos partidos, en las duchas, Judas, un perro danés, ataca a Cuéllar y lo castra.

Ese suceso marca al personaje principal quien luego de una convalecencia prolongada, retorna al colegio y a su vida social y se da cuenta que por su problema todos comienzan a consentirlo y a beneficiarlo. Y ahí inicia su desbande. Estudiaba menos, cometía travesuras, pero todo se le perdonaban.  A su vez, su emasculación le valió su apodo “Pichulita”, al correrse la voz en el colegio de lo que a él le había pasado.

AU_los_cachorrosCorren los años, se alargan los pantalones, llega el peinado a la gomina, la adolescencia y el amor. Éste es el momento de inflexión en el que Cuéllar se ve completamente afectado y comienza un comportamiento extravagante buscando atención, y sentirse menos solo al ver que todos sus amigos comienzan a frecuentar chicas. Además su curiosidad se vuelve morbosa y sorprende a los muchachos que, de todas formas siguen estando con él. Velocidad, alcohol, comportamientos suicidas lo vuelven un ser impredecible. El mayor hallazgo de la estructura de “Los Cachorros” consiste en el estudio de las diversas reacciones de un grupo social frente a un individuo “extraño” y de las de éste frente al grupo.

Nos vamos dando cuenta del pasar del tiempo no por precisiones del autor, sino más bien por acontecimientos que van dando paso a las distintas edades, a las distintas etapas de la vida, veinte años pasan por las páginas de este relato.

El tono que usa Vargas Llosa integra narración en primera persona (presente), en tercera (pasado) o en presente durativo, diálogos de unos y otros, onomatopeyas; todo ello expresado en una lengua que no sólo está repleta de localismos peruanos, sino que intenta reflejar la manera de hablar de determinado grupo social en determinado lugar, que en este caso es Miraflores. Es decir que el autor juega mucho en este texto, se divierte, nos hace hablar, cantar y llorar. Pero siempre rodeado del halo gris de la tragedia que empaña a “Pichulita” que le impide disfrutar la vida, las transiciones, los_cachorrosque no puede acercarse a las mujeres aunque las ame. El mismo Vargas Llosa dice al respecto: “El relato está contado por una voz plural, que caprichosamente y sin aviso ondula de un personaje a otro, de una realidad objetiva (un acto) a otra subjetiva (una intención, un pensamiento), del pasado al presente o al futuro y, por momentos, en vez de contar, canta. ‘Caprichosamente’ es un decir, claro. La idea es que esta voz colectiva, saltarina, serpentina, que marea al lector y (musicalmente) lo maltrata, vaya insensiblemente contaminándolo de la historia de Cuéllar, empapándolo con ella, no explicándosela”. Personalmente debo afirmar que cumple con su objetivo con creces, es un libro que se lee con risa, con nostalgia, con lágrimas en los ojos.

Y es también, un libro con banda sonora porque en momentos dónde “Pichulita” Cuéllar persigue a la muchacha de sus amores, temeroso de que ella sepa de su problema y perdiéndola al fin, la narración alterna con el bolero “Quizás, quizás, quizás” que le cantan sus amigas al verlo perder el tiempo “pensando, pensando”, por eso se los recomiendo.

Para cerrar, un pequeño extracto, donde se marca el punto final de la historia, y donde para mí deja la duda, de quién es el que muere, y quién sobrevive:

“Eran hombres hechos y derechos ya y teníamos todo mujer, carro, hijos que estudiaban en el Champagnat, la Inmaculada o el Santa María, y se estaban construyendo una casita para el verano en Ancón, Santa Rosa o las playas del Sur, y comenzábamos a engordar y a tener canas, barriguitas, cuerpos blandos, a usar anteojos para leer, a sentir malestares después de comer y de beber y aparecían ya en sus pieles algunas pequitas, ciertas arruguitas”