Cada 31 de diciembre, por lo menos desde principios del siglo xx, los riojanos reviven una de las festividades religiosas más originales y coloridas del país. Este Tinkunaco o “encuentro”, en lengua quechua, recuerda, bajo un inverosímil sol de mediodía, una dramática rebelión de 400 años de antigüedad, y su sofocamiento.

DSC_2599 Tal vez haya habido un Tinkunaco bajo la lluvia alguna vez. Seguramente que sí. Pero la memoria solo encuentra eneros de soles imposibles que aplastan a los pobres devotos como una bota a una cucaracha. Quizá deba ser así, como uno de esos castigos físicos que tanto agradan a los católicos… o agradaban, cuando eso era bien visto: a los silicios y flagelos bien se le puede sumar el sol riojano.

Cada año hay más o menos gente, según el entusiasmo y qué tan fuerte tire la resaca de añonuevo, pero siempre hay gente, suficiente para ser llamada multitud, congregada frente a la iglesia catedral, para este evento tan colorido que involucra santos de madera con pedestales, santos de carne y hueso con violines, alféreces, indios, cantos en español y quechua. También incluye a la estatuilla santa más curiosa del mundo. No para nosotros, que nos criamos en alabanza y respeto, pero sin duda para el desconocido de este rito. Desde la iglesia cercana de San Francisco –así lo relato para el que no conoce- sale otra procesión cargando al Divino Niño Alcalde, una estatuilla de un infante ataviada con ropitas negras de lo que he llegado a suponer fue el uniforme de un alcalde en la alta colonia española. También rodean la plaza y se encuentran frente la catedral con el Santo Patrono San Nicolás de Bari, un obispo griego del siglo IV famoso por ser notoriamente milagroso y por dar regalos a los niños, característica suya que lo convirtió en la inspiración del Papá Noel, el famoso agente de publicidad de coca-cola. Claro que el Niño Alcalde no se encuentra con él sino con su efigie de madera, una estatua tamaño natural que siempre consideré algo enana hasta que leí que el santo habría medido alrededor de metro y medio.

DSC_2535La fiesta se establece como recuerdo de los acontecimientos vividos durante la Pascua de 1593, cuando los españoles bajo las órdenes de don Juan Ramírez de Velasco, fundador de la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, se encontraban rodeados por los diaguitas, en medio de los sangrientos levantamientos calchaquíes. Para sobrevivir recurren a los oficios de Francisco Solano, un monje jesuita que –según cuenta la leyenda- solo necesitó de un crucifijo, un violín y un breviario de plegarias para lograr restablecer la armonía entre conquistadores y conquistados. Desde entonces y para siempre, desaparecería la opresión del poder español que subyugaba a los indianos. O eso enseñan.

 

LA ESENCIA DE LA FUSION RELIGIOSA

La ceremonia comienza cuando, desde el templo de San Francisco de Asís, en las inmediaciones del centro de la capital riojana, parten los Allis -cofradía en que se organizaron los diaguitas y que simbólicamente los representa-, son los devotos del Niño Alcalde –El Niño Jesús vestido como alcalde colonial- portando su imagen en la procesión. Vale aclarar que Ailli es una voz quechua que significa triunfo, victoria, visten vinchas, ponchos y en ambos atuendos un espejito. Presididos por el Inca -cargo renovado hereditariamente-, cantan al compás de su caja y del arco un himno híbrido conocido como “Año Nuevo Pacarí”, como usaba el Inca del Perú.

DSC_2524Desde la Iglesia Catedral, sobre la plaza principal, parten los Alféreces -cofradía que representa a los españoles-, usando banda y alzando una vara con globos o bultos, significando a la  bandera arriada en tiempos de paz. El Alférez Mayor -cargo electivo que se renueva todos los años-, es acompañado por 12 Apóstoles y 12 Aspirantes con sus correspondientes estandartes.

A las 12 en punto ambas procesiones se encuentran frente a Casa de Gobierno. La imagen de San Nicolás, con todo el pueblo reunido, se arrodilla tres veces ante el Niño Alcalde, reconociendo en Él a su Señor. El colorido ancestral de las vestimentas de Aillis y Alféreces se conjuga con los sentimientos populares reviviendo año tras año los pasos de la tradicional ceremonia y replanteando su hondo significado.

Los Aillis entonan un tradicional canto aborigen, en quechua y en castellano. Sin embargo Aillis y Alféreces se igualan tomando una misma actitud, para que haya fusión o encuentro entre esos dos pueblos. Estrecharse en un fuerte abrazo con quien está al lado simboliza la alegría de haber alcanzado el objetivo, diaguitas y españoles han dado origen a una nueva comunión: el pueblo riojano.

Se reconocerá la autoridad superior en la estatua del Niño y se le entregará por ello la Llave de la Ciudad, para que el 3 de Enero se despidan las imágenes concluyendo las fiestas. El Jefe municipal capitalino recibirá -como cada año- de parte del Niño Jesús Alcalde, la Biblia con el acompañamiento del rezo del pueblo: “Según esta Ley queremos ser gobernados”.

 

LA TRADICION DEL NIÑO ALCALDE

La imagen del Niño Jesús Alcalde fue “encontrada” por San Francisco Solano, en un momento trascendente de la historia de la provincia de La Rioja, donde más de 20.000 diaguitas cansados de las injusticias que padecían por parte de los españoles se levantaron en armas para destruir la ciudad. El padre jesuita imponía entonces la imagen del Niño como alcalde de la ciudad y verdadera Autoridad del Pueblo. Esta celebración tan particular, que data desde hace 421 años, emociona al pueblo peregrino no sólo riojano sino también a quienes desde distintas latitudes llegan buscando la protección divina.

Joaquín V. González relataba en su obra “Mis Montañas” que “los padres jesuitas dieron forma litúrgica y social al hecho histórico, organizando una cofradía de indígenas devotos al apóstol y a su divino protector. Eligieron el más respetable de los indios convertidos, y lo cubrieron con la regia de los Incas; dieron el gobierno inmediato de todas las tribus sometidas y el carácter de gran sacerdote de la institución, como un trasunto del que  revestía el emperador del Cuzco. Los caciques obtuvieron el nombre y oficio de alféreces, o caballeros de la improvisada orden, especie de guardia montada que obedecía idealmente al Patriarca conquistador”.

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HUELLA DE PEREGRINOS Y UN SANTO DE MADERA DE NARANJO

Huellas de Peregrinos es un itinerario por sendas del espíritu católico riojano. En cada recorrido religioso la fe, la cultura y el arte manifiestan el legado de cada comunidad en la provincia. Los mejores exponentes del credo católico desde los orígenes mismos de La Rioja, nos hacen partícipes de milagros increíbles y profundas historias en la que lo divino se funde y entrelaza indisolublemente.

Este recorrido religioso por la Ciudad Capital- relata la historia evangelizadora de San Francisco Solano, “Un Santo de Madera de Naranjo” que, con su crucifijo, violín y breviario de plegarias, apaciguara a varias tribus indígenas que amenazaban con arrasar la ciudad fundada por Juan Ramírez de Velasco.

Revivir la majestuosidad arquitectónica que nos ubica en los siglos XVI al XIX; con la culminación del estilo italianizante en la provincia, derivado luego en un eclecticismo con reminiscencias góticas, llevándonos a…Un viaje a los orígenes…a través de murales que atesoran la Fundación de la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja.

DSC_2548La imagen del Niño Alcalde rodeado de sacerdotes y fieles en el Tinkunaco; la coronación de la imagen de San Nicolás y la construcción de la Basílica Menor en honor al Santo Patrono, representan las huellas de un pueblo devoto. Vitrales de origen alemán que recuerda a los patriarcas del Antiguo Testamento, mientras sobresalen en el ábside los fundadores de las órdenes religiosas que iniciaron la evangelización en la provincia.

Muros de piedra con la rusticidad del estilo, mármoles en sus distintas tonalidades e imaginería artística de gran relevancia y valor forman parte del virtuosismo que se entremezcla a la proclamación de la fe hacia San Nicolás de Bari en la Catedral homónima; Iglesia y Convento de Santo Domingo, de la Virgen de la Merced y San Francisco Solano junto a Las Padercitas que resguarda las ruinas del fuerte español y la capilla en cuya cripta descansan los restos de este fraile español.