Ricardo Zevi o Salvador Benesdra, Benesdra o Zevi. Las personalidades de escritor y personaje se entremezclan como nunca en este clásico “olvidado” de la literatura argentina que su autor nos legó antes de dejarse caer de un décimo piso. Intelectual precoz, políglota, irreverente columnista de internacionales, delegado gremial temible, Benesdra demostró, como bien señala Sofía Bracamonte en esta columna, que tampoco lo intimidaba la aventura literaria.

EC TAPA el traductorF3Para hablar de “El Traductor” se hace ineludible comenzar por su singular autor, Salvador Benesdra. Un olvidado de las letras argentinas, conocido en círculos reducidos y que, injustamente, murió sin ver su obra publicada. De origen judío sefaradí, con una inteligencia prodigiosa y precoz, Benesdra era además políglota, psicólogo y periodista. Un hombre siempre al borde, capaz de los más profundos afectos y de una brillantez y lógica avasallante que, sin embargo fue víctima de su mente salvaje. La mayor parte de sus lectores, incluido el director de Ediciones La Flor (primer editor en publicarlo), leyeron el libro luego de saber que el autor se había tirado del décimo piso. Más allá del morbo generalizado, podemos afirmar en palabras de Elvio E. Gandolfo, que es una de las “mejores novelas argentinas desde 1810”.-

El traductor es Ricardo Zevi, un treintañero largo que trabaja en una editorial “progresista” en plena década menemista; es también un hombre que se acaba de quedar sin ideologías, ya que sus antiguas y antes firmes convicciones de izquierda se van derrumbando; sin seguridades que ordenen su mundo, sensación inicial que irá profundizándose con el devenir de las páginas. Es uno de los pocos traductores de planta que van quedando en esa época de flexibilización y tercerización laboral. La construcción del carácter de Zevi y su demencial máquina de confabulaciones, tiene cierto paralelismo con la vida personal de Benesdra, aunque no de forma exacta ni mucho menos lineal. Por ese tiempo conoce a quien será el otro gran personaje: Romina. Ella es una salteña adventista que recorría los bares predicando la palabra del señor. El desafío de conquistarla se vuelve un combustible para las acciones de Zevi, quien comienza a dirigir todos sus esfuerzos en encamarse con esta belleza de rasgos aindiados.

La novela entonces, se va a centrar en tres grandes ejes argumentales: La relación de Zevi con Romina, Zevi y el trabajo y, por último, el mundo interno de Zevi; quizá el más movedizo y el más infernal.

En cuanto a la pareja, una vez que Zevi logra conquistar a Romina, se esfuerza por arrancarle un orgasmo. Un gozo que nunca llega porque Romina es de una frigidez invencible, de esas que la hacen mirar el techo o la pared en pleno acto sexual, reduciendo a su consorte a una suerte de masturbador maniático y neurótico. Esta obsesión va a ser fruto de peleas, idas y venidas y alcanza el punto culmine cuando Ricardo le pide a Romina que se prostituya para ver si así logra calentarse, aunque sea con alguien más. La sucesión de silogismos que llevan al protagonista a tomar esta decisión, son de la lógica más disparatada sin embargo formalmente correcta, indiscutible.

tumblr_nmil87gIiB1u3lb1ko5_r1_1280En este punto es indispensable aclarar que Romina parece ser un lienzo en blanco, un campo de batalla para Zevi: él la llena de lecturas, le pasa sus habilidades, intenta manipular sus ideales, su visión económica, sus acciones. Ella se deja hacer, más que todo por un miedo o terror al abandono, o por el extraño y perverso oficio del amo, que se somete sólo en los papeles, pero que en la realidad es quien lleva los hilos; eso no queda jamás claro. Romina es el pivote por donde giran las mayores inquietudes existenciales de Ricardo, quien ve aquí tambalear también todas sus certezas sobre su bondad o la ausencia de la misma, sobre su seguridad, sobre su antiguo ideal de relación libre y abierta y termina siendo ella quien acciona la bomba que termina por hacer explotar a Zevi, al mirar impasible en la televisión la masacre de Waco.

Ricardo Zevi se hunde en los abismos de su mente, que el autor retrata magistralmente, desplegando ante nuestros ojos una suerte de delirio intelectual desaforado. Una conjunción de elucubraciones desenfrenadas que no parecen tener fin, hacen pie en la realidad y vuelven a despegar; sólo para que el protagonista concluya que el mal ha triunfado definitivamente en la tierra y que no hay forma de romper con la lógica del amo y del esclavo, del dominado y del dominante.

Mientras tanto el traductor debe a su vez, lidiar con la realidad de la empresa a dónde trabaja, quien de a poco va dejando entrever sus objetivos de reducción de personal y cesanteo masivo. Aquí Zevi con su argumentación temible logra erigirse en representante sindical y libra admirables batallas en asambleas con compañeros de trabajo poco más que amebas ingenuas que no quieren ver como de golpe y de un porrazo van a quedarse en la calle, de nuevo en la “selva de la desocupación”. Personalmente, hay escenas que me dieron ganas de pararme a aplaudir, de tan demoledora y cruda que resultó ser la prosa, esclarecedora, y lamentablemente más vigente que nunca. A través de la descripción de la Editorial Turba podemos ver un mapa detallado de la situación político-económica de los noventa y el vaciamiento y fraude empresarial predominante en esos días en el país y en el mundo.

La novela es una obra maestra, que reconoce como influencias directas a Arlt, Dostoievski, Sábato, pero que tiene un estilo propio, imposible de imitar, con giros de humor cruel, negro y totalmente incorrecto. Que no busca lectores fáciles, sino que interpela la moral, las convicciones y las buenas costumbres del lector. No quiere pocos lectores, sino más bien lectores exigentes. Tal vez hay momentos donde no podemos más que odiar al autor y a Zevi, por su oficio de hijoputez que va adquiriendo con la trama, por su machismo y por mil cosas más, pero preferiría cerrar con una consideración de Favio Lopresti “… Las quejas parecen una contrapartida mezquina para la generosidad de Benesdra, que se enfrentó con su propia cabeza monstruosamente inteligente y  con sus frustraciones echando mano a ese coraje ciego de los que no han sido castrados por la crítica, de los que no le tienen miedo a la desprolijidad…”, y que en el medio nos brindó uno de los clásicos de culto de la literatura Argentina.