Hace Poco te contamos del éxito de la Colección Hugo Albrieu en el Palacio Ferreyra de Córdoba. Ahora estamos acá para mostrarte en primera persona la exhibición en las galerías del Museo Octavio de La Colina de las obras provenientes del interior argentino que Albrieu fue acopiando a partir de sus propios vínculos con los artistas.

La exposición se llama El Estallido del Interior y sobre este título es posible hacer varias lecturas. La primera, la más literal, es la alusión a lo que está contenido dentro de una persona, la creatividad que se cuece por dentro hasta que exige salir con toda la furia. Otra interpretación nos coloca frente al interior profundo del país,  que es de donde provienen la mayoría de las obras que conforman la colección. Hugo Albireu es el coleccionista que decidió mirar a los artistas del norte del país y alejarse de la mirada del arte contemporáneo que domina desde Buenos Aires; Albrieu, por su parte, tiene una versión mucho menos glamorosa: las obras son de lugares a donde podía ir y volver con su auto en un fin de semana.

Existe una tercera mirada, fomentada por la curaduría de la exposición, que nos referencia al interior del museo, en este caso del Museo de Bellas Artes Octavio de la Colina (MOC). Por esta razón se recomienda comenzar el recorrido no desde las salas de exposiciones itinerantes donde está el grueso de las obras expuestas, sino en la Sala de Exposiciones Permanentes, donde la curaduría determinó que junto a cuadros clásicos que forman el patrimonio histórico del museo, se infiltren piezas contemporáneas como un hongo extraño creciendo de las paredes.

En esta muestra no está todo dicho, no está todo explicado, hay una gran parte –la mayor parte- del trabajo que le corresponde al espectador. “El símbolo del veneno es una imagen súper icónica que está en esta sala donde podemos ver escenas de muerte, del asesinato de Facundo Quiroga”, sostiene Córdoba frente al retrato del caudillo que con su atuendo militar evoca la guerra. Pero también hay una cuestión cromática para colocar esta pieza en ese lugar: “allí hay una pared azul que es complementario del naranja de la calavera. Son agrupaciones que se dan desde una asociación intuitiva de imágenes”.

FOTO-12El coleccionismo es  a veces entendido como un arte, al decir de Córdoba, sistematizar una colección “debe significar algo más que un modo de expresión”. Desde la primera acción de decidir qué obra adquirir, de qué manera exponerla, agruparla, junto a que otra, en qué lugar, cuando. En el caso de Hugo también interviene en el proceso de escritura de los relatos actuales sobre el arte.

Para Albrieu el coleccionismo llegó de propia iniciativa, cuando era niño y apenas un mero estudiante de arte, quiso acopiar e invirtió en ello un regalo de navidad. Coleccionar se volvió luego un manera de relacionarse porque detrás de cada obra adquirida existe una historia de amistad, a veces un asado de por medio, una colaboración, un favor, rara vez hay de por medio una fría transacción comercial. De hecho, Albrieu reveló que esta era una colección tan personal que se vio reculando un par de veces frente a la posibilidad de exponerla.

FOTO-07“Para Albrieu la colección tiene el significado de volver a la vida con cada objeto, restablecer aquello que quiere, esos instantes de felicidad mirando de nuevo una obra de arte”, explica Córdoba, “su colección es heterogénea: hay videos, fotografías, videoperformances, instalaciones de sitio específico, objetos, registro de acciones. No es programática, es intuitiva y con una voluntad sostenida, en el último tiempo, en mirar a los artistas del interior del país y principalmente la región NOA”.

Detrás de estas obras hay amistad, me permito añadir, y artistas que no son observados en las grandes urbes que dominan necesariamente el mercado. Su paso por el Palacio Ferreyra en Córdoba dejó abierta la puerta para varios de ellos, su presencia en el MOC de La Rioja quizás otra función: abrirle la puerta a los riojanos a un mundo del arte contemporáneo que no conocían, que no sabían que existía en su propia tierra. Como las tintas de Martín Brizuela, la calavera flúor de Pablo Curutchet o las fotos de Karim Ayame, el riojano las ve crecer como enredaderas alrededor de lo clásico y lo moderno.