La comunicadora social, docente y periodista, María Rosa Di Santo, rememora en esta columna su experiencia personal en las sesiones perparatorias que dieron vida, 30 años atrás, a una de las grandes joyas artísticas de nuestra provincia: La Cantata Rioja; y reflexiona sobre la influencia que ha tenido durante estas tres décadas, hasta llegar al homenaje ofrecido por la Universidad de La Rioja a sus autores la semana pasada.

Escribe: María Rosa Di Santo

Héctor David Gatica, el poeta. PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

Héctor David Gatica, el poeta.
PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

Hace 30 años Ramón Navarro y Héctor David Gatica promovieron una serie de reuniones para poner a consideración la grabación previa de una obra integral que hablaba de La Rioja. Por alguna razón estuve en una de ellas. La recuerdo como un lugar de diálogo, de escucha. Recuerdo quién puso objeciones al “desnucado está Dios”, como era casi previsible, con el argumento de que era un verso ‘fuerte’. Claro, por entonces, la democracia se jugaba la supervivencia y el temor aún era parte del cotidiano para algunas personas.

Esas reuniones previas se convirtieron, en mi opinión, en un proceso que culminó con la gira que, una vez grabada toda la obra, compartieron por el interior de la provincia. Un proceso básico de apropiación. Así, cuando la Cantata Riojana debutó en el Sussex de entonces, a sala llena, y luego se paseó por muchas localidades de la mano de una campaña contra la enfermedad del Chagas, los riojanos se sintieron ‘cantados’ en ella “hasta el dolor” como muchos años después supo decir Ramiro González.

Ramón Navarro, el cantautor. PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

Ramón Navarro, el cantautor.
PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

La Cantata sumó a sus aciertos estéticos aquellos que tienen que ver con la emoción, las frustraciones y los deseos, los fracasos y las expectativas porque fue poniendo en el justo término de la temporalidad una serie de historias que normalmente se aprenden, cuando ocurre, desgajadas de sentido, como compartimientos estancos.

Sumó también sus mejores voces e interprétes: Luis Chazarreta y Colacho Brizuela, el Rioja Trío, el gran Chito Zeballos, Ramón Navarro (h), Pancho Cabral, sin olvidar los aportes de Ariel Ferraro, Ricardo Mercado Luna y el Pelao Soria; el arte de Miguel Angel Guzmán y Pedro Molina.

Al iniciarse este diciembre 2015 y gracias a una iniciativa de la nueva UNLaR y el empuje de Ramón Navarro (n), Monchi, con el grupo de profes que lo acompaña en la Orquesta Monseñor Enrique Angelelli, la Cantata celebró los 30 años con una presentación en la que, de nuevo, los maestros de la ceremonia fueron Ramón Navarro y Héctor David Gatica. El poeta de los Llanos nos recordó aquel proceso del que surgió la Cantata con el reconocimiento a quienes la volvieron posible a través del financiamiento y el apoyo, de todo tipo, que fue cosechando. El músico y poeta de la Costa, en tanto, se paró frente a una auditorio colmado y con un profundo e inconfundible “Y te fundo… ciudad de todos los azahares…” nos movilizó el corazón.

Orquesta Enrique Angellelli PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

Orquesta Monseñor Enrique Angelelli PH: Valentín Maraga / Cortesía IPA UNLaR

La Cantata Riojana, a 30 años, es hoy un clásico. Soporta con dignidad y sale beneficiada del recambio generacional, pese a que no es tan difundida como debería en todas sus partes. La Rioja se canta a sí misma, celebra y se conduele con su propia suerte típicamente latinoamericana. A través de ella seguimos siendo las madres aborígenes, los conquistadores, los caudillos,  la montonera y los creadores, gentes extrañas éstas que se nutren de la seca y el paisaje tan bello como adverso para expresarse.  Somos también nuestros propios represores.  Y los “porfiados en quedarse”, los que llegan y los que se han ido “a la hermosa ciudad que los quiere recibir en sus orillas…”. Por aquella apropiación de origen, la Cantata nos canta y así seguirá haciéndolo, seguramente, más allá del tiempo chiquito de cada uno de nosotros.

“Hombres con nombres y apellido

y codicia

los nuevos dueños

mujeres sin nombre ni apellido

ni caricias

nuestras madres, madres indias.

Las madres indias

madres salvajes

solas empezaron a enseñarnos

el amor

por eso amamos

salvajemente

la tierra, la tierra.

Somos la montonera

somos la montonera”.