Música, letras, cine, historia, comida gourmet, decoración y teatro, todo junto y entre las mismas paredes. Una apuesta tan ambiciosa como lo era riesgosa. ¿Cómo salió? en esta crónica te contamos nuestra impresión del Festival Social Emergente.

De entrada el lugar. El Club Social de La Rioja era, originalmente, una escuela que se volvió el espacio exclusivo de la haute société de la provincia, donde para entrar tenía que nominarte un miembro y ninguno objetarte. Pero el viernes final de julio de 2015, el Club abre sus puertas a tod@s y fue el espacio elegido para realizar el Festival Social Emergente, una propuesta de la Secretaría de Turismo craneada por la productora Un No Lugar.

Artist at work. Foto: Carlos Ruiz

Paloma Márquez, artist at work. Foto: Carlos Ruiz

Cruzando el hall de entrada con esos techos altísimos, no paraba de pensar cómo iban a entretener por ocho horas a visitantes y participantes, periodistas y artistas. Cómo iban a cumplir con las promesas previas y mantener intervenciones en vivo con bandas tocando y la prensa entrevistando en otro lado. Y no parecía haber mucha gente en la entrada tampoco.

Finalmente al llegar al patio, un círculo bastante nutrido se cerraba alrededor de una obra de teatro, “El Ultimo Tren” de Flor Feminized sobre personajes que “en el transcurso de un tiempo impreciso se ven en diferentes lugares y recuerdan episodios pasados, en una Ciudad llamada, Ciudad de Todos los Santos de La Nueva Rioja”. La obra estaba concluyendo y ni siquiera era la primera actividad, pero en el ambiente se sentía que esto recién empezaba.

Susurros poéticos Foto: Carlos Ruiz

Susurros poéticos Foto: Carlos Ruiz

Una gran carpa al fondo del viejo solar marcaba el territorio del evento principal: el escenario donde se presentarían cinco bandas y un solista. Sobre la izquierda del patio, cuatro artistas plásticos promediaban su trabajo sobre fotografías que iban quedando transformadas absolutamente. Un poco más allá, los chefs Juan Cruz Sánchez Busleiman, Exequiel Marchesino y Matías Chumbita hacían repicar las sartenes con aceite y liberar el aroma de los productos regionales que empezaba a cubrirlo todo.

Terminada la obra, al darme vuelta para recorrer el resto del espacio, una mujer con un tubo largo de cartón pintado me pregunta si quiero escuchar un poema. Sorprendido intento una excusa pero ella insiste con un argumente muy sólido -“¿a donde tenés que ir?”-, así que cierro los ojos y le permito que invada mi intimidad. Se trata de los miembros del grupo literario “Otras Yerbas“, quienes recorrían el evento haciendo la misma invitación: soltarse y darle una oportunidad a la poesía. Escuché por ahí que algunas personas se emocionaron hasta las lagrimas con los “susurros”. En mi caso la reacción fue reír compulsivamente; es lo que sentí en el momento y lo agradecí.

Un ambiente espectacular. Foto: Carlos Ruiz

Un ambiente espectacular. Foto: Carlos Ruiz

Mientras oscurecía y las primeras bandas comenzaban a tocar, se hizo evidente para mí una constante a lo largo de toda la tarde: las pausas. En la espera entre una banda y la siguiente, la gente -que a esta altura ya empezaba a rebalsar el evento- comenzaba a conversar, cambiar impresiones, discutir, invitar y recorrer el festival. Mezclados entre la multitud estaban actores y actrices representando ciertas “costumbres” -discutibles-, y algunos lo hacían tan bien -el borracho, por ejemplo- que había que mirar dos veces para darse cuenta lo que pasaba.

En estas pausas es donde el Festival Social Emergente empezó a tomar la forma que yo esperaba. En un gran patio todos se cruzaban y cambiaban opiniones: los turistas, los artistas, los periodistas, los cocineros, los sommeliers. Los músicos; podías estar hablando con alguien y al momento se disculpaba y subía a tocar con la banda. Cuando los cuatro artistas –Maricel Andrada, Amapola Negra, Mundo Patetic y Paloma Márquez– terminaron con su intervención, hicieron lo propio. El campo de fuerza que se había levantado entre ellos y nosotros mientras trabajaban, reventó, y se podía conversar tranquilamente sobre significados y símbolos mientras hacíamos la cola para probar la comida o degustar el vino.

Instalaciones Interactivas. Foto: Carlos Ruiz

Instalaciones Interactivas. Foto: Carlos Ruiz

Para cuando la noche se llevó definitivamente a la tarde, había mucha gente ya. Y hubo de todo, desde colegas del palo y amigos y familiares, hasta extranjeros que pasaban de casualidad y espectadores que generalmente no consumen estas cosas: “No entiendo nada”, me dijo un chico cuando terminó de tocar Félix San Martín de Córdoba, “lo único que entiendo es la comida”, y se reía. Pero estaba ahí y no se fue.

La fiesta debía terminar a las 00 horas en punto, pero se extendió unos 30 minutos más. La frutilla era la presentación de la banda electrofunk cordobesa De la Rivera, ahijados -si se puede decir apadrinados se puede decir ahijados- de Illia Kuriaky. Las ganas estaban pero las fuerzas ya no tanto. Para esa hora la mayoría de los eventos alternativos habían terminado y el personal estaba levantando mesas y decorado en una suerte de “apuren que cerramos”. El público que aún resistía se aglutinó alrededor del escenario y disfrutó bastante de una gran banda. Me quedó la duda de que hubiera pasado si ocurría una par de horas antes, cuando los chileciteños de Musha Soul dejaron el escenario al rojo vivo.

El Festival Social Emergente fue una mezcla con un sabor exquisito, creo que muchos lo disfrutamos, y lo hicimos porque de verdad se siente que faltan más cosas así en la ciudad: espacios que unen generaciones y hacen descubrir que a veces compartimos los mismos gustos sin saberlo. No es algo nuevo. Es algo más grande, con más presupuesto, pero estuvo a la altura de lo que se propuso, difundir el arte.

Musha Soul fue LA banda de la noche. Foto: Carlos Ruiz

Musha Soul fue LA banda de la noche. Foto: Carlos Ruiz

El Festival Social Emergente fue una mezcla con un sabor exquisito, creo que muchos lo disfrutamos, y lo hicimos porque de verdad se siente que faltan más cosas así en la ciudad: espacios que unen generaciones y hacen descubrir que a veces compartimos los mismos gustos sin saberlo. No es algo nuevo. Es algo más grande, con más presupuesto, pero estuvo a la altura de lo que se propuso, difundir el arte. El FSE dejó bastante más material para reproducir en las pantallas de Yo Rioja que seguramente iremos publicando en forma de entrevistas a artistas y agrupaciones, por ahora solo resta felicitar una gran iniciativa y esperar esfuerzos similares se vena cada vez más en el futuro.