El sábado 16 de junio de 2018 falleció a los 101 años el fraile franciscano Nicolás Pugliese, quien fuera el responsable del museo Inca Huasi desde la muerte de su fundador Bernardino Gómez. Una figura sumamente representativa de la historia riojana que se vio reflejado en esta nota realizada para Revista Random con que hoy lo recordamos.

Habla rápido, con una cadencia desdentada propia de la edad pero aún claro y expresivo. Todavía camina incasable como lo viene haciendo desde sus años de juventud, aunque los días de visitar excavaciones arqueológicas y ruinas indígenas ya están atrás. Siempre con el hábito marrón y la cuerda atada a la cintura del uniforme franciscano, se lo puede encontrar todas las mañanas al frente de una de sus grandes pasiones: el museo Inca Huasi que él heredó y administró desde la muerte de su fundador, el padre Bernardino Gómez, en 1961.

Fray Nicolás Pugliese puede que tenga 96 años, pero la energía y la vitalidad son inseparables de su carne, se mantiene lúcido e informado, siempre dispuesto a atender a quien quiera acercarse a su despacho en el museo, una habitación grande pero repleta por donde se mire de objetos antiguos de lo más diversos: estatuillas de la cultura de la Aguada, ceniceros de plata que pertenecieron a la nobleza colonial, un reloj de porcelana –que, dice, perteneció al mismísimo Domingo Sarmiento- y recortes de diario amarillentos de diferentes momentos del siglo XX.

Los franciscanos están en La Rioja desde el principio, llegaron junto con los fundadores españoles y rápidamente levantaron conventos e iglesias. Mientras sus primos los jesuitas se dedicaban más a las misiones y asentamientos bien cerca de los indígenas, los seguidores del “Pobre de Asís” se dedicaron a la labor educativa, fundando la primera escuela en 1600. Cuando la Compañía de Jesús fue expulsada de América en 1767, muchas de sus propiedades y trabajó quedó en manos de los franciscanos. Su obra es vasta y legendaria, porque de su presencia en La Rioja se recuerda el famoso levantamiento indígena que un santo franciscano, san Francisco Solano, ayudó a detener y por el cual hoy se festeja el Tinkunako, la fiesta religiosa más importante de la provincia.

En 1929, Juan –o Giovanni- Pugliese, constructor italiano había llegado a La Rioja para erigir el nuevo edificio de la Iglesia Catedral a principio de siglo, se encontraba trabajando en una reconstrucción de los supuestos aposentos de San Francisco Solano. Aprovechando el servicio que estaba ofreciendo a los franciscanos, mandó a dos de sus hijos, el pequeño Nicolás y un hermano mayor, a educarse al convento de esta orden tenía en la ciudad, pero llegado el momento de proseguir con una educación superior, el padre Bernardino Gómez le ofreció enviarlos a un seminario sacerdotal en Buenos Aires. Con 11 hijos más que mantener, a don Giovanni le pareció una buena idea y rumbeando para el puerto partieron los niños. Nicolás Pugliese tenía solamente doce años cuando entró a la Orden Franciscana y cero vocación, pero era poco lo que podía  hacer en ese entonces y como él mismo recuerda, ya habría tiempo más adelante para encontrarla.

Cuando comienza a relatar sus experiencias infantiles en el seminario, Fray Pugliese debe hacer una pausa; no porque haya olvidado algo de la historia sino porque debe encausar el relato. Tiene una memoria tan prodigiosa y a flor de piel que muchas veces termina perdiéndose entre los recovecos de los detalles. Durante la juventud paso mucho tiempo viajando por el protocolo de la orden de mantener a su personal en movimiento cada tres años, y cuando podía se venía a la rioja para trabajar en algún proyecto del Padre Gómez.

Bernardino Gómez era un huracán de actividad que contrastaba con el apacible carácter siestero de los riojanos. Hasta el último día en que respiró, Gómez se encargó de mantener un proyecto latiendo entre sus manos: jefe de los franciscanos, director del colegio, fundador de la famosa banda de música de la escuela San Francisco y creador, en 1926, del museo Inca Huasi o “Casa del Inca”. Esta última fue su creación más querida y la que mayor tiempo le demandó, porque una vez iniciado el museo era necesario llenarlo con algo. Entonces partía el padre Gómez con su bastón y su sombrero aprueba de cualquier clima hacía donde sabía o suponía que podían encontrarse vestigios de las civilizaciones de estas tierras.

Joven, fuerte y en excelente estado físico, Nicolás Pugliese se enteró que incluso así se quedaba corto a la hora de seguirle el paso a Bernardino Gómez. En esas expediciones le ayudó a completar anaqueles y estantes de objetos preciosos del pasado indígena de La Rioja y los alrededores. Incluso, la colección guarda piezas de gran valor histórico para la ciencia, como evidencia de escritura de más de 4500 años, de las más antiguas encontradas jamás en el mundo.

Pronto quedó en evidencia que el espacio del museo no correspondía con el tamaño de la colección, entonces Gómez consiguió financiar un nuevo edificio, donde se encontraban las tierras de cultivo de la orden, e pleno cetro de la ciudad. Se trata del edificio magnifico y hecho de piedra en que hoy en día descansan las más de 50.000 piezas que conforman la colección más importante del noroeste argentino.

Fray Pugliese nos pasea por el museo que ahora custodia y nos explica cómo se fue armando la muestra. Lo que sabe lo sabe al dedillo, con fecha exacta y anécdota minuciosa que explica como cuando y donde se obtuvo esa pequeña urna funeraria –para un bebe seguramente- protegida por la imagen de cuatro serpientes: “Que nadie se atreva a profanar esta tumba” nos explica con tono sombrío. Las cosas que no le escapan, lo hacen porque fueron encontradas antes, tal vez por el padre Gómez, o algún niño las desenterró de un viejo cementerio inesperado en el patio de su casa.

Cuando Bernardino Gómez falleció en 1961, nadie dudó que quien debía hacerse cargo de su obra era Fray Pugliese, el único que podía llegarle a los talones al mítico fundador. Así fue como se terminó encargando de colegio, el museo y la banda.

Sin dudas también era el candidato más astuto, como lo demuestra aquella vez en que le ganó unas tierras del centro de la ciudad a un médico que la había adquirido con intención de edificar una clínica. “No doctor, no le conviene”, le dijo Pugliese, “imagínese si está operando a un paciente y de repente suenan las campanas de la iglesia o el ruido de los chicos saliendo de la escuela”.

Con el terreno en su poder, lo primero que pensó fue en convertirlo una nueva escuela para los chicos, el problema fue obtener la autorización. Así que para ello esperó una visita presidencial que en los 70´s realizó María Estela Martínez de Perón y aprovechando que la banda de la escuela San Francisco fue elegida para tocar frente a las autoridades, le pidió a la mandataria el tan necesitado permiso. “Lo obtuve gracias a un militar que había quedado fascinado con los chicos y quería llevarlos a Buenos Aires”, nos explicó, “pero una vez allá, le pedido se complicó porque no estaba firmado por las autoridades locales”. Decepcionado, Pugliese casi llora de la rabia, pero a su rescata llegó un inesperado conocido de su familia: el por entonces gobernador de La Rioja, Carlos Saúl Menem. Menem solía tomar la leche con los hermanitos de Fray Nicolás y no dudó un segundo en facilitar el permiso para la tan ansiada escuela.

Su otro proyecto, la banda infantil de música de la escuela San Francisco de Asís, tuvo su bautismo el 9 de julio de 1944, en el tradicional desfiles cívico militar en conmemoración de la independencia. desde entonces solo ha tenido un objetivo a los ojos de Fray Pugliese: formar a los chicos para llegar lejos, tal vez a posicionarse frente a sus propios alumnos. Si lo logró o no, Pugliese menciona las veces que algún hombre, de visita con su familia al museo Inca Huasi, se apartó del recorrido un momento solo para saludarlo a él, darle un beso y agradecerlo por haberlo formado. La banda les permitió a muchos chicos el ingreso a otras agrupaciones musicales de la Rioja como la del Regimiento 15 de Infantería y la Escuela Polivalente de Arte. Muchos triunfaron como solistas, en conjuntos musicales o se convirtieron en profesores.

El venerable franciscano se acuerda perfectamente de los logros que la banda infantil cosechó gracias a su excelente actuación en Catamarca, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Mendoza, Buenos Aires y Mar del Plata. Incluso llegó a presentarse en el Teatro Colón, compitiendo con 26 bandas infantiles, y trayendo una copa y medalla de oro.

Hoy es una cosa, mañana será otra, así vive sus días Fray Nicolás Pugliese. Todos saben de su buen humor y su excelente disposición para tratar con la gente, a la que atiende sin ningún reparo. Mientras nos despide declara sentirse “en manos de Dios”, y sonríe mientras nos deja para irse a almorzar, caminando, como siempre.

Artículo publicado en Revista Random N°65 – Agosto de 2013.