Desde siempre Rusia ha estado en los márgenes de Europa y de alguna manera de occidente. En equilibrio geográfico entre ese continente y Asía, las influencias de la cultura europea central, que desde el fin de la edad media estaban cambiando al mundo de manera radical, tardaban mucho en penetrar las sociedad conservadoras y rudas de las naciones eslavas.

Desde el siglo XVIII en adelante y en principio por voluntad de uno de sus más célebres líderes, el zar Pedro el Grande, Rusia intentaría con desesperación acercarse a la gloria cultural, técnica o artística de España, Alemania, Francia o Inglaterra. Rusia ya se había perdido el renacimiento y el barroco y llegaría algo tarde al rococó, pero una vez allí, este país, antes mencionado en los diarios de viaje franceses como una tierra de maravillas exóticas, se volvería la luz más exuberante y pródiga de arte y cultura occidentalista.

El ejemplo más claro de ese despertar, hoy, es el inmenso Museo del Hermitage en la ciudad de San Petersburgo, en las orillas del rio Nevia. Los edificios que alguna vez fueron el suntuoso palacio de invierno de los zares hoy guardan una de las colecciones más grandes y ricas de la historia del arte europeo. Fundado en 1764 por Catalina la Grande (emperatriz de origen prusiano y no rusa de nacimiento) luego de adquirir una valiosísima colección de más de 200 cuadros de un marchante de Berlín: constituida fundamentalmente por piezas de arte barroco holandés y flamenco, destacándose lienzos de Rembrandt, Van Dyke y Rubens.

El Hermitage fue durante muchos años el símbolo del lugar y el papel que Rusia quería protagonizar en el mundo. En sus espaciosos corredores y galerías que simulaban muy bien aquellos de los aposentos vaticanos de Rafael, se podían encontrar el arte europeo desde lo escultórico a lo pictórico y desde la antigüedad hasta los primeros frutos del arte autóctono. Con el renombre de fábula que este museo privado de los monarcas rusos se ganaría en las cortes de las demás naciones, Rusia comenzaría a ganarse ese lugar al que definitivamente accedería con la derrota de los ejércitos napoleónicos en el invierno de 1812.

eslumbrante edificio (una espectáculo en sí mismo), uno puede encontrarse con el exquisitamente ejecutado “Regreso del hijo pródigo”, aquel cuadro de Rembrandt que el artista holandés convirtió en toda una experiencia religiosa de admirar. O tal vez las majestuosas esculturas de Antonio Canova, digno heredero de la tradición de Michelangelo. Y si de italianos se habla, por qué no echar un vistazo a la Madonna Litta de Leonardo Da Vinci, tranquilamente la obra más importante del museo.

 

Pero no solo quedarse allí. El Hermitage fue, especialmente desde la época del colonialismo y hasta bien entrado el comunismo, un faro para la arqueología, especialmente la concerniente a Asia y las estepas eurásicas. Se puede acceder allí a una vasta colección de piezas escitas y mongolas, muy antiguas por cierto.

Este museo fue también uno de los primeros en ser abiertos libremente al público. Ya en las vísperas de la Revolución de 1917, obreros y estudiantes podían realizar visitas pactadas por los sindicatos y colegios. Con la llegada del comunismo, el Hermitage pasó a dominio estatal y se destinó al mismo la totalidad del otrora palacio zarista. Muchas de sus obras fueron transferidas a las colecciones de otros museos nacionales para completarlas. Ya no más en al necesidad de aplacar ese hambre de pertenencia de Rusia al mundo, el Hermitage se erige como un gigantesco monumento a la historia del arte y a la cultura rusa.