Dicen que los vinos son el fiel reflejo de la tierra donde son producidos, por eso las bodegas son siempre –o casi siempre- algunos de los lugares más hermosos y hospitalarios que se puedan encontrar. El Valle de Chañarmuyo es uno de esos lugares, un oasis en medio de un desierto rocoso, con poca vegetación y sin mucho más que ofrecer a la vista, salvo inmensidad. Y sin embargo ahí está una de los hoteles más hermosos de La Rioja, a 1.720 metros sobre el nivel el mar, un lugar único en el mundo.

rdm_6840La Rioja es tierra de buen vino y cuna de cepas célebres como el Torrontés. En este suelo agreste que contrasta el verde de cardos gigantes con el rojizo de la tierra castigada por el sol, Bodega Chañarmuyo ofrece casi inadvertida algunos de los mejores vinos de alta gama, propios de la viticultura argentina de altura.

La bodega, el hotel y el pueblo arman un conjunto del que difícilmente se puede volver, y sin dudas jamás olvidar. Cortesía y buen trato y por las noches un manto de estrellas que transforma esa inmensidad en algo mágico. Para desprenderse de esos cielos rosados de ciudad que tan poco dejan para el asombro.

El hotel boutique Chañarmuyo está ubicado bajo la sombra del cerro Paimán, donde una cruz plantada allí por don Patrocinio Carrizo, auguraba un futuro fértil y próspero a esas tierras. A pocos kilómetros de distancia está el embalse de los ríos Blanco y Durazno, que luego riegan las tierras con sus aguas de deshielo. Allí se crea un microclima que combina días cálidos con noches frescas en verano y con nevadas frecuentes en invierno. Esta amplitud térmica lo hace ideal para la producción de vinos de un “terroir” maravilloso que, dicen sus dueños, guarda el recuerdo de los antiguos Diaguitas que habitaron sus tierras.

ENCANTO ANCESTRALrdm_6868

El hotel tiene un encanto especial para aquellos que, como nosotros, disfrutan de conocer la cultura de los pequeños pueblos del norte argentino, donde aún viven las antiguas tradiciones de las civilizaciones que nos precedieron.

La pequeña localidad ha prosperado gracias al hotel y a la bodega y son sus pobladores quienes trabajan allí. Uno de los ejemplos es el de María Martínez, a quien todos llaman Julia, la chef que dirige la cocina de Chañarmuyo con maestría y sabor. Ella comenzó cocinando para los trabajadores, y luego para los visitantes. Estudió, se formó como cocinera y hoy presenta sus platos con orgullo.

dsc_9608El Hotel es el lugar ideal para saborear la comida regional y en el cual descansar luego de recorrer los cerros y reponerse tras los memorables paseos a las minas del Famatina y Chilecito. Desde allí también se puede llegar en poco tiempo a la Cuesta de Miranda, el Parque Nacional Talampaya, el Valle de la Luna, la ruta del adobe en la vecina Tinogasta (Catamarca), las termas de Fiambalá y el paso San Francisco a Chile.

Y sino, por qué no quedarse a disfrutar de las amplias y acogedoras habitaciones. El establecimiento tiene capacidad para 24 personas, posee un living amplio y cómodo en el edificio central donde se puede acceder a libros y revistas. En verano es posible refrescarse en la pileta y nadar. En otoño, nada mejor que admirar las viñas y el valle. En el bar de la piscina hay exquisitas ensaladas o empanadas caseras al horno de barro, acompañadas por, claro está, más de ese vino tan seductor.

dsc_9766Sus pobladores, muchos de ellos descendientes de Diaguitas, habitan casas con viejas callejuelas donde se cuela la cálida brisa de día y cuyas paredes gruesas de adobe ofrecen una sombra fresca que reconforta en verano. Hay una plaza, una iglesia y un bar, así de simple la vida. El realismo mágico del hombre andino invita a ser descubierto sin prisa, de la misma manera que hay que degustar sus vinos. La vid se nutre de esta sabiduría y paciencia sus habitantes.