La Marcha de los Bombos es esencialmente una fiesta popular. Es así porque el instrumento al que festeja es popular. Es barato de hacer y se aprende informalmente, es campo y es barrio. Nunca falta en las fiestas  y sin él, al folclore le falta el corazón; por eso Santiago del Estero se permite dedicarle un día al año.

La ciudad de Santiago del Estero tiene el honor de ser, con 460 años, la más antigua de toda la República Argentina. Sin embargo, desde no hace más de diez años, sus habitantes se reúnen cada año, el sábado anterior al aniversario de la Madre de Ciudades, y recorren sus calles durante toda la mañana al ritmo de miles de bombos legüeros –una visión que nadie debe perderse en su vida. Se trata de una fiesta iniciada por el alama cultural de la ciudad: sus músicos, sus artesanos, sus actores y la ente que cada año se suma y hace más populoso y colorido el recorrido. Creada por el reconocido luthier de bombos, Indio Froilán, desde su famoso Patio de Froilán, en las afueras de la ciudad, lugar habitual para escuchar música típica, y donde la noche anterior se realiza la vigilia.

“Che Indio, ¿Qué te parece si salimos con bombos desde el patio de tu taller y tomamos las calles cantando y bailando? “-

DSC_9370

Foto: Ignacio Quintavalle

Así surgió, como todas las buenas ideas, en reuniones entre amigos; como esas que se barajan en los postres cuando el vino arrecia y el estomago está satisfecho. Era algo sencillo y a la vez tan propio, tan santiagueño, que costaba creer que nunca se les hubiera ocurrido antes: festejar los 450 años de la “Madre de Ciudades” con 450 bombos legüeros desfilando por las calles de la ciudad agasajada. La idea prendió rápido en el espíritu local y la aceptación y el acompañamiento del pueblo santiagueño hizo que no tardara en trascender las fronteras y que algunos medios turísticos coloquen al evento entre las 40 experiencias argentinas que se deben vivir, al menos una vez en la vida. Y con la Marcha de los Bombos no se equivocan.

Realizada por primera vez en 2003, una semana antes del aniversario de la fundación de la capital, la convocatoria de gente ha ido creciendo de manera exponencial y no solo de público argentino: no fue difícil encontrar turistas europeos y norteamericanos entre las más de 25.000 personas que acompañaron los 10 kilómetros del recorrido. Además, de los 450 bombos de la idea original, hoy se sumaron cerca de 3.000 bombistos; todos al unísono, todos repicando al son de chacareras, gatos y cuecas. La sublime impresión que se lleva el turista primerizo, pocas cosas la producen en esta vida. Por algo colapsaron los servicios hoteleros locales.

DSC_9401

Foto: Ignacio Quintavalle

A lo largo de 10 km, locales y visitantes patean las calles santiagueñas en formación. Los grupos de bombistos que repican al unísono sus instrumentos artesanales –un orgullo de los organizadores-, creando un efecto imponente. Y los acompañan las sachaguitarras – otro instrumento original de estas tierras-, y acordeones que regalan vidalas y chacareras.

Semejante iniciativa de organizar y realizar una marcha el sábado anterior a la conmemoración de la fundación de Santiago del Estero, respondió a la necesidad profunda y personal de alimentar, fortalecer y proyectar los signos de identidad que unen al pueblo en momentos difíciles. Una muestra representativa de la identidad construida durante 460 años que marcan a fuego el “ser santiagueño”.

Un gran aporte a la cultura popular y nacional, o como dicen en quechua: un festivo tukuy tinkukus, un “encuentro de todos”.

DSC_9547

Foto: Ignacio Quintavalle

Quienes se unieron para llevar adelante este proyecto, en aquellos tiempos como ahora, ponían todas s esperanzas en la invitación de un amigo a otro; pero el enorme latido fue desplegándose poco a poco por todo el país. Después de diez años de altas y bajas –más altas que bajas como destacan sus creadores-, puede decirse que la marcha cumplió su cometido. Un gran aporte a la cultura popular y nacional, o como dicen en quechua: un festivo tukuy tinkukus, un “encuentro de todos”.

DSC_9337

Foto: Ignacio Quintavalle