En época de vendimia y para pascuas, pocos lugares se encienden con la luz y el encanto del Hotel-Bodega Chañaruyo, el emprendimiento vitivinícola que se encuentra al final del pueblito que le da su nombre. Un encantador trasfondo de montaña y el vino más delicioso.

Dicen que lo vinos son el fiel reflejo de la tierra donde son producidos, por eso las bodegas son siempre –o casi siempre- algunos de los lugares más hermosos y hospitalarios que e puedan encontrar. El Valle de Chañarmuyo es uno de esos lugares, un oasis en medio de un desierto rocoso, con poca vegetación y sin mucho más que ofrecer a la vista salvo inmensidad. Y sin embargo ahí está una de las bodegas más hermosas de La Rioja, a 1.720 metros sobre el nivel el mar, un lugar único en el mundo.

La Rioja es tierra de buen vino y cuna de cepas célebres como el Torrontés. En este suelo agreste que contrasta el verde de cardos gigantes con el rojizo de la tierra castigada por el sol, Bodega Chañarmuyo ofrece casi inadvertida algunos de los mejores vinos de alta gama, propios de la viticultura argentina de altura.

La bodega, el hotel y el pueblo arman un combo del que difícilmente se quiere volver. Cortesía y buen trato y por las noches un manto de estrellas que transforma esa inmensidad en algo mágico. Para desprenderse de esos cielos rosados de ciudad que tan poco deja para el asombro.

La bodega está ubicada frente al espejo de un embalse de los ríos Blanco y Durazno que luego riegan las tierras con sus aguas de deshielo. Se crea un microclima que combina días cálidos con noches frías en verano, con frecuentes nevadas en invierno. Esta amplitud térmica lo hace ideal para el cultivo de vides nobles que se expresan en vinos de un “terroir” maravilloso que, dicen sus dueños, guarda el recuerdo de los antiguos Diaguitas que habitaron sus tierras.

ENCANTO ANCESTRAL

Chañarmuyo tiene un encanto especial para aquellos que, como nosotros, disfruta de conocer la cultura de los pequeños pueblos del norte argentino, donde aún viven las antiguas tradiciones de las civilizaciones que nos precedieron.

Sus pobladores, muchos de ellos descendientes de Diaguitas, habitan casas con viejas callejuelas donde se cuela la cálida brisa de día y cuyas paredes gruesas de adobe ofrecen una sombra fresca que reconforta en verano. Hay una plaza, una iglesia y un bar, así de simple la vida. El realismo mágico del hombre andino invita a ser descubierto sin prisa, de la misma manera que hay que degustar sus vinos. La vid se nutre de esta sabiduría y paciencia sus habitantes.

El Hotel de Vino es el lugar ideal para saborear la comida regional y desde el cual vagar por los cerros y reponerse tras los memorables paseos a las minas del Famatina y Chilecito. Desde allí también se puede llegar en poco tiempo a la Cuesta de Miranda, el Parque Nacional Talampaya –  Valle de la Luna, la ruta del adobe en la vecina Tinogasta (Catamarca), las termas de Fiambalá y el paso San Francisco a Chile.

Y sino quedarse en las habitaciones a disfrutar de las amenities, refrescarse en la pileta y nadar, si es verano; admirar las viñas y el valle, si es invierno. En el bar de la piscina hay exquisitas ensaladas o empanadas caseras al horno de barro, acompañadas por, claro está, más vino.