En casi todas las cosmogonías de la antigüedad, sea en América, el Antiguo Egipto o la India de los Vedas, los grandes buitres son siempre venerados como criaturas intermediarias entre el mundo de los vivos y los demás planos de la existencia. Son mensajeros de los dioses, guías de las almas al más allá, liberando el espíritu de la prisión de la carne.

En las tradiciones de algunos países como el Tíbet o Pakistán, algunos entierros se realizan al aire libre para que estos animales realicen mejor su trabajo de transmutar las almas de los fallecidos.

Biológicamente, estos enromes pájaros son los recicladores de la naturaleza, ellos se encargan de consumir lo que nadie más puede, deshaciendo hueso y cuero con la potencia de sus ácidos estomacales. Son unas criaturas verdaderamente maravillosas. Y están en grave peligro.

En este artículo vamos a hablar de cóndores, pero es importante saber que otras aves de comportamiento similar (a pesar de ser parecidos, los cóndores no comparten ancestros inmediatos con otros buitres) están siendo víctimas de los mismos males que el gran soberano andino. Su existencia está en grave peligro y aquí no hay espacio para ninguna especulación.

Único e Indomable

En febrero de 2019, en las alturas del Valle de Chilecito, en una localidad llamada Aguas Negras, un mecánico de la zona encontró a un cóndor que estaba perdido, sin poder volar ni coordinar. Era macho pero joven, todavía con el plumaje marrón por lo que no debía superar los 4 años de edad. Cinco días después, en la misma zona, un joven de la Secretaría de Turismo encontró a otra ave en una situación peor: echaba espuma por la boca, agonizaba. En este caso el pájaro era grande, unos 30 años de edad, con el reluciente plumaje blanquinegro que los caracteriza.

Wari, el indomable

Chikán, el único

Los cóndores son longevos, viven casi tanto como una persona, no comienzan a empollar hasta los 8 y solo ponen un huevo por año, tal vez cada dos. Esto lo lograron porque de la naturaleza no tienen nada de qué preocuparse, no hay depredadores naturales para el cóndor. Ellos son los únicos habitantes de acantilados y riscos en las montañas desde Colombia hasta la Patagonia, ningún otro animal vuela por encima de ellos mientras surcan las térmicas en busca de alimento. Buenos, no del todo.

Solo el hombre interfiere allí donde estas criaturas viven sin ningún otro peligro. Nosotros llevamos nuestras maquinas a las alturas y tendemos kilómetros y kilómetros de cables de alta tensión en las laderas las montañas. Somos los humanos los que para proteger nuestra ganancia pisoteamos todas las demás vidas, dejando cebos envenenados que lo matan todo. Como si los animales salvajes fueran los culpables de que nosotros invadiéramos sus territorios ancestrales.

Las dos aves fueron envenenadas por la acción del hombre. Pero fueron afortunados porque cayeron en las manos de una de las redes de protección de la vida silvestre más grandes y eficientes de Argentina: el Programa de Conservación del Cóndor Andino.

Una vez contactadas las autoridades, en este caso Gendarmería, se dio puntapié a una serie de protocolos de acción en los que intervienen funcionarios, veterinarios, biólogos, instituciones ambientales interprovinciales, organizaciones sin fines de lucro, institutos internacionales, parques naturales, reservas ecológicas, zoológicos, etc.

Nada más rescatados, Gendarmería se contactó con el COA (Club de Observadores de Aves) de Chilecito, donde agarró la posta la bióloga y docente universitaria, Rebeca Lobos y el veterinario local, Manuel Sánz. De ellos fue el deber de estabilizar a las criaturas y evitar que el veneno las matara.

Pero evitar que meran no es suficiente para que dos cóndores vuelvan a su hábitat. Deben rehabilitarse y para ello es de crucial importancia que no mantengan contacto con seres humanos. Estas aves se adaptan rápido a nuestra presencia y pierden el miedo a acercarse a nosotros. Grave error. Por ello el siguiente paso de la preservación fue contactar con el Eco Parque de Buenos Aires (ex zoológico), la Fundación BioAndina y su director, el biólogo Luis Jacome, una eminencia en el rescate y preservación del cóndor.

Ellos rápidamente recomendaron llevar a los pájaros a las instalaciones que la Fundación Cullunche administra en San Carlo, Mendoza, también parte de la red del Programa de Conservación del Cóndor Andino y el lugar más apropiado para el aislamiento.

Aislar a los cóndores no significa dejarlos a la buena del destino, se utilizan muñecos de hule para acercarles la comida y que de esa manera no vean ni interactúen con gente. Allí fue donde se repondrían del todo Wari y Chikán, el indomable y el único, como los bautizaron los rescatistas.

Esta fue solo una parte del proceso. Mientras la fecha de liberación se acercaba, los engranajes y convenios del PCCA seguían su marcha. Las Secretarías de Ambiente de Mendoza y La Rioja comenzaron una campaña de concientización en escuelas y al público. En La Rioja hasta el propio secretario se movilizó para difundir de qué manera  ayudar y como evitar que otro accidente como el de Wari y Chikán.

Finalmente, el 5 de abril de 2019, menos de dos meses después y entre ritos y cánticos ancestrales, ambas criaturas abrieron las alas en los riscos de la Cuesta de Miranda, y regresaron a los vientos de su hogar.

Un esfuerzo de 30 años

El Programa de Conservación del Cóndor Andino fue creado por Luis Jacome y otros voluntarios en agosto de 1991, cuando se volvió evidente que sin ayuda, los cóndores y otros grandes buitres estaban destinados a la extinción. Para esa época, dos casos paradigmáticos en el mundo habían prendido la alarma: la extinción de los cóndores de California y virtual desaparición del cóndor andino de Venezuela.

Desde su fundación, el PCCA ya rescató a más de 300 aves y liberó a 180. El resto, los que no pudieron regresar a la vida silvestre por cualquier razón, sirven en el programa de cría en cautiverio. Un cóndor solo pone un y cuida de una cría por año, pero si el huevo se les retira rápido, las hembras pueden empollar un segundo. Este programa ya entregó a 65 pichones, todos ellos liberados.

¿Pero de qué sirve este monumental trabajo de 30 años si, en el plazo de unos pocos meses, 90 cóndores son masacrados? Nada preparó a los biólogos ni a las instituciones para semejante salvajada: comenzaron a descubrir casos en 2017, en Jujuy, con 19 cóndores, después los 34 en Mendoza y terminaron el 2018 con 23 aves exterminadas en Patagonia. “En relación a la población total de 6000 cóndores andinos, esto fue un golpe brutal”, expresó Jacome.

La razón fue el envenenamiento de los animales a partir de un cebo envenenado. En las zonas rurales cordilleranas, los agricultores y ganaderos suelen defenderse de pumas, gatos monteses y zorros dejando un cebo impregnado con fuertes agrotóxicos, como si luego no vinieran los cóndores por atrás a terminar con los restos. En el caso de Mendoza, al menos, el tóxico utilizado fue Carbofurán, un herbicida fosforado tan potente que liquidó a las aves casi en el acto.

“Utilizar este cebo es terrible por muchos motivos”, sostiene Jacome, “en primer lugar afecta a toda la vida silvestre y no solo a la que se busca eliminar; en segundo lugar, falla en eliminar el problema porque el depredador que come el cebo no es el mismo que mata animales domésticos. En tercer lugar, estamos viendo la potencia de un agro químico que se utiliza normalmente en los cultivos que terminan en nuestra mesa”.

Tras el escándalo, el Carbofurán fue prohibido en Mendoza, la primera provincia en hacerlo.

Pero esto no elimina el problema. Es común escuchar entre la gente de campo que el cóndor mata cabras y ovejas y, viendo el tamaño de ave en cuestión (130 cm de ala a ala), parecería pan comido alzar una cabrito y llevárselo. “Esto es imposible”, nos insiste Rebeca Lobo, bióloga de Universidad de Chilecito, “el cóndor es netamente carroñero, su patas no están diseñadas como las de un águila o halcón, es como la de una gallina”.

Explicar esto, o el hecho de que el hombre siga adentrándose en territorios silvestres sin pensarlo dos veces, requiere de mucho trabajo, grandes campañas de educación y concientización. Esa es la tercera pata del PCCA, educar a la población sobre el valor de esta criatura, lo terrible que sería perderla y, como demuestran las pilas de animales muertos en las laderas de los andes, los fácil que es destruirlo todo.