Una semana repleta de artes visuales no regala este invierno riojano. El viernes 2 de agosto el espacio de arte Un Muro presenta la muestra Mamá Paraíso, de la artista Clara Ortíz, con la curaduría de Paula Doberti y Débora Kirnos. Desde las 20:00 en Belgrano 232. Entrada libre y gratuita.

Nada anticipaba que agosto en La Rioja iba a traernos no una sin dos muestra plásticas en las que la herencia, la tradición y la familia iban a ser la fuerza motriz de la expresión artística. A la exposición Referencias Cruzadas, que el jueves abrirá en OSDE y en donde Diana Guzmán se entrecruza con la obra de su padre, Miguel Ángel, se suma el viernes la artista Clara Ortíz, quien explora en las habitaciones del espacio Un Muro, los rincones de su memoria para traer a luz los orígenes de su propia formación y trayectoria.

Nacida en La Rioja en 1953, Clara se gradúa como profesora en Letras Modernas en la Universidad Nacional de Córdoba y se forma en un principio en tejido de tapices y cestería. Trabaja hace tiempo con el registro de la naturaleza como tema y materiales centrales y sus obras actuales son objetuales. Se apoya también en tintes naturales de su producción, basadas en extractos de plantas de su lugar en el mundo: Chuquis, en La Rioja; aunque hoy vive y trabaja en Buenos Aires.

Sobre ella y esta muestra dice lo siguiente Paula Doberti, una de sus curadoras:

Entender los oficios como legados, estimular la construcción de saberes colectivos,  recuperar el entorno de origen y su expresión simbólica son modos de vincular los procesos técnicos con las diversas capas de la memoria íntima y comunitaria.

“En mi memoria de niña están los palitos del árbol del Paraíso con los que, usados como agujas, mi madre me enseñó a tejer cuando tenía cinco años”, cuenta orgullosa y tiernamente Clara Ortiz. La memoria individual es pertinente a sí misma partiendo de la transferencia recibida. “Atravesamos la memoria de los otros, esencialmente en el camino de la rememoración y del reconocimiento”, escribe Paul Ricoeur. La enseñanza de las puntadas transmitió también paciencia y sabiduría. Así, dice Clara, “quedé cosiendo y tejiendo la vida”.

Las acciones devenidas obras abrigan vínculos y territorialidad. Coser, tejer, bordar. Y también estampar con tinta de jarilla, nuez y molle, con tinturas naturales de su producción, basadas en extractos de plantas de Chuquis, su lugar en el mundo, en La Rioja. A la manera de las etnobiografías de Jorge Prelorán, las huellas producidas por Clara producen testimonios de cambios, ciclos y pérdidas vitales a la vez que resguardan orígenes y perduran traspasadas a texturas.

La obra de Clara Ortiz posee muy diversas formas: cada pieza puede ubicarse en uno u otro lugar dentro de su amplia producción. No hay posiciones fijas sino multiplicidad de ideas y emocionalidades, como el rizoma desarrollado por Deleuze  y Guattari: “El rizoma está sujeto a las líneas de segmentaridad y de fuga, que siempre apuntan a direcciones nuevas, que pueden ser rotas, interrumpidas en cualquier parte y en cualquier momento y resurgir nuevamente con nuevas alianzas”. Clara invita a la participación colectiva a través de sus ovillos de hilo y lana que, como ella explica, “se pueden expandir rizomáticamente”.

¿Cómo transformar el recuerdo infantil de las flores lilas y violetas del árbol del Paraíso de la vereda familiar en un rizoma? ¿Cómo volverlo un modelo productivo y experimental? Registrando los movimientos de la naturaleza, caminando como acto creativo; conformando archivos visuales y textuales; asentando ideas, informaciones, bocetos y relatos poéticos en sus cuadernos de vida; arropando alternativas creativas para compartirlas y esparcirlas en miles de semillas que puedan cobijarse desde su dispersión.