Hoy se festeja el día internacional del folclore, una fecha llena de curiosidades, coincidencias e ironías que vale la pena recordar.

Empecemos con una pequeña ironía: la palabra Folklore o Folclore fue utilizada por primera vez por el arqueólogo inglés William John Thoms el 22 de agosto de 1846, lo hizo en el contexto de una revista científica londinense llamada “Athenaeum” y fusionó dos voces inglesas “Folk” (pueblo) y “lore” (saber, tradición), para definir al saber popular, los conocimientos, usos, costumbres, leyendas, supersticiones, música, danza, canciones, mitos, dichos, refranes, coplas y cantares transmitidos de generación en generación; en definitiva, lo que se transmite de boca en boca, que trasciende, se incorpora a nuestras costumbres y desconoce toda autoría.

El idioma inglés (y en general los anglosajones) tiene entre otras características su flexibilidad a la hora de formar palabras de la nada. El español es mucho más duro en ese sentido y por eso muchos fueron los términos que intentaron reemplazar a la palabra Folklore mientras se buscaba castellanizar el término: “saber del pueblo”, “demosofía”, “tradición”, etc. Sin embargo, ninguno de ellos prosperó. Así fue que un anglicismo, un extranjerismo se utiliza todavía para describir lo más propio de un pueblo.

Ahora una coincidencia: la fecha, 22 de agosto, coincide en nuestro país con el nacimiento de Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), reconocido como el “padre de la ciencia folklórica”. Esto es, sin embargo, una coincidencia un poco forzada: ¿desde cuándo los argentinos celebramos el nacimiento de alguien? Acá siempre se conmemoran los funerales, siguiendo la tradición colonial española. Es otro extranjerismo más celebrar el momento en que una figura eminente llega al mundo.

El emblema que representa a los folkloristas argentinos -elegido por el Primer Congreso Nacional del Folklore (1948)- es el árbol. Las escasas hojas representan la juventud primaveral de la ciencia. Las palomas, la unión de lo material con lo espiritual en la amplitud del folklore. El tronco y ramas están envueltas con una banda que dice: Qué y cómo el pueblo piensa, siente, imagina y obra. Este emblema fue ideado por Rafael Jijena Sánchez.

En Argentina, la música de proyección folklórica, comenzó a adquirir popularidad en los años treinta y cuarenta, en coincidencia con una gran ola de migración interna del campo a la ciudad y de las provincias a Buenos Aires, para instalarse en los años cincuenta, con el «boom del folklore», como género principal de la música popular nacional junto al tango.

En los años sesenta y setenta se expandió la popularidad del «folclore» argentino y se vinculó a otras expresiones similares de América Latina, de la mano de diversos movimientos de renovación musical y lírica, y la aparición de grandes festivales del género, en particular del Festival Nacional de Folclore de Cosquín, uno de los más importantes del mundo en ese campo.

Luego de ser seriamente afectado por la represión cultural impuesta por la dictadura instalada entre 1976-1983, la música folklórica resurgió a partir de la Guerra de las Malvinas de 1982, aunque con expresiones más relacionadas con otros géneros de la música popular argentina y latinoamericana, como el tango, el llamado «rock nacional», la balada romántica latinoamericana, el cuarteto y la cumbia.