Dos muestras inauguradas casi en simultaneo exploran la relación de loas artistas con sus padres, unos buscando la comparación frente a frente, otros encontrando en esos origines familiares las raíces y sus ramificaciones.

El jueves primero de agosto se inauguró en OSDE una exposición sumamente interesante y curiosa en su propuesta: Referencias Cruzadas, donde la artista plástica Diana Guzmán presentaba sus obras frente a frente a las de su padre, el siempre presente Miguel Ángel “Toto” Guzmán. A toda la carga emocional que conlleva la relación entre padre e hija se agregó además las interpelación que cada artista hace de sus diferentes realidades (las obras expuestas de Toto Guzmán estaban fechadas casi todas a principios y mediados de los 90´s, las de Diana casi 25 años después), invitando a los espectadores a hurgar el significado y a buscar la influencia de uno sobre otro.

Por ejemplo, las pinturas de Toto sobre la lujuria desorbitada de los 90´s menemistas, en donde vedettes y políticos son retratados de manera grotesca, se exhiben junto a piezas de Diana en las que fotografías de violencia e infancias truncas descansan detrás de muñequitos del ratón Mikey, en un momento en que Disney (como en otros tiempos pero reforzado) parece querer unificar toda la cultura. En Toto abundan escenas de violencia más físicas, producto de los propios tiempos y vivencias del artista, en Diana la violencia es más simbólica, hija de una época más en calma pero igualmente en guerra.

La pieza más interesante es también la más abarcadora. Son los 122 días de bronca, silencio, meditación y duelo representados en esa misma cantidad de pinturas basadas en bocetos que Diana Guzmán realizó en 2015, uno por día, durante la agonía de su madre por un tumor cerebral. La obra presenta un colorido y una vitalidad en su factura que no deja entrever a simple vista la tormenta emocional que deben haber significado esos días terribles. Expuestos en las paredes, los cuadros encierran una historia de resignación frente a la muerte, un proceso que todos debemos enfrentar en algún momento. Un gran trabajo curatorial de Lorena Mercado, sin dudas.

ESENCIAS QUE SE RAMIFICAN

Al día siguiente, el viernes 2, asistimos a la inauguración de Mamá Paraíso en el espacio Un Muro. La muestra pertenece a Clara Ortiz y toda ella habla de aquel momento de la infancia del que toda otra experiencia se ramifica, como los cruces de un telar, como las raíces que devienen ramas. Ortiz, que no viven en Chuquis, vuelve en estas obras a ese pueblo de la infancia que aunque pequeño, ínfimo incluso, algo de mágico debe tener por haber inspirado tanto arte. Clara pinta y tiñe con tintas extraídas de la jarilla, la nuez y el molle, cuyo resultado son esos colores terrosos. Teje con las ramas de un árbol como le enseñara su madre, a quien homenajea en esta muestra. No es una exposición para ver es también para interactuar: su pieza central, Rizoma, un tejido grande, orgánico, como una tela de araña, está rodeado por las creaciones de otros a quienes Clara invita a crear según lo que les inspire.

Clara es una persona muy vital y juvenil y su presencia se hace notar inmediatamente allí donde esté. Ya habíamos interactuado con ella antes de conocerla en la muestra anterior, donde su personalidad juvenil y su experiencia como artista la invitaba a interactuar con las obras de Diana Guzmán, que estaban para eso pero a las que pocos de los transeuntes riojanos se animaban. Conversando con ella en su propia muestra, entendimos que con Mamá Paraíso, Clara busca entender el origen de esa vitalidad de la misma forma que Diana busca encontrar ese vinculo con su padre; y Clara la encuentra en su infancia, en las siestas libres jugando en en pueblo pobre de recursos pero abundante de sueños. Un pueblo donde las ramas de árbol de paraíso bien pueden tejer, como las moiras de los mitos griegos, el destino de una persona.