El 4 de junio de 1870 moría en Chile Felipe Varela. Solo, enfermo y derrotado, el Quijote de los Andes dejaría sus huesos a merced del barro de la historia. Hijo de una era de amargos conflictos, el tiempo redimiría su recuerdo y su grito latinoamericano resuena hoy con fuerza, tal vez porque sus verdades son hoy tan reales como entonces.

Felipe Varela se erige en la historia argentina como el último y el primero de una serie de hombres formidables, cuyas vidas estuvieron signadas por la violencia, la guerra y la resistencia. Fue el último porque con él termina la figura del caudillo militar que se había impuesto en las guerras civiles de la primera mitad del siglo XIX, y la derrota de su campaña bélica signó el fin de la lucha entre las provincias y el puerto y consagró la hegemonía de este último. Pero Felipe Varela también fue el primero en enarbolar una visión latinoamericanista en la que, argumentaba el caudillo, los países de éste subcontinente tenemos demasiadas cosas en común como para enfrentarnos en guerras fratricidas. Eran los tiempos atroces de la guerra del Paraguay, y del otro lado de la cordillera no tardaría en sucederse la Guerra del Pacífico.

Varela había nacido Huaycama, Catamarca, en 1821, y su vida estuvo marcada de principio a fin por las violentas luchas de la guerra interna argentina entre unitarios y federales. Ya en la juventud no dudaría en sumarse a las luchas contra el poder concentrado de Juan Manuel de Rosas que dirigieron varios caudillos federales, como el “Chacho” Peñaloza, que se negaban a aceptar el “federalismo” a la porteña impuesto a la fuerza. Perseguido por las fuerzas del Restaurador, debe exiliarse Chile, nación que por esos días recibía a expatriados argentinos de todos los bandos e ideologías.

Luego de la derrota Rosista en Caseros le toca volver a pisar suelo nacional, y ya inseparablemente vinculado a Peñaloza, lo seguirá en buenas y malas hasta el asesinato del riojano en manos de los coroneles de Bartolomé Mitre, el nuevo modelo de caudillo argentino. Otra vez en la huída y otra vez en Chile, es aquí, durante estos días de profundos cambios en el país, que Felipe Varela comienza a planificar su gesta heroica: la última campaña de la resistencia federal.

El viejo caudillismo provinciano que permitía a estos líderes conjurar ejércitos con la sola fuerza del carisma estaba quedando en el pasado de la historia. Las lanzas y los viejos mosquetes que juntaban herrumbres en las provincias no tenían mucho que decir frente a las carabinas de percusión que desembarcaban en el puerto de Buenos Aires.

Pero la realidad es que el plan de Felipe Varela y los rebeldes no tenía nada de loco. No solo estaban alzándose contra el gobierno que había asesinado a Peñaloza y representaba todos los valores del unitarismo, sino que además, ya en 1866, se encontraba embarcado en un conflicto sumamente impopular como fue la guerra del Paraguay. No eran pocos los argentinos que alzaban su voz contra el enfrentamiento armado que muchos interpretaban como la preferencia por los intereses europeos sobre los de un país vecino, que de paso iba a ser descuartizado por los ganadores, la triple alianza entre Argentina, Uruguay y el Imperio del Brasil.

El salto desde Chile se realizó embanderado en la llamada Revolución de los Colorados, un alzamiento de conscriptos y reclutas de Mendoza que se negaron a ir a pelear al norte. Los lideraban el mendocino Juan de Dios Videla y el puntano Juan Saá y fue la excusa perfecta para que “El Quijote de la cordillera” cayera sobre La Rioja y la anexara a la revolución que ya comprometía a Mendoza, San Luis y San Juan. Se enfrentaban, además, a gobiernos provinciales muy mal preparados y con pésimas ideas, como la de los dirigentes riojanos a quienes no se les ocurrió nada mejor que poner al mando de la defensa al coronel Pablo Irrazábal, el mismísimo lanceador del “Chacho”. El resultado inevitable fue un motín de las tropas y la deposición, no solo de Irrazábal, sino de todo el gobierno de la provincia.

Durante varios meses la jugada federal puso en serio peligro al gobierno de Bartolomé Mitre, quien tenía al grueso de su ejército, su equipamiento y sus mejores oficiales invertidos en la aventura internacional. Córdoba y Catamarca iban a ser el próximo objetivo militar de los caudillos y se barajó seriamente sumar a López Jordán y a Urquiza desde Entre Ríos, pero este último, como ya lo había hecho con el “Chacho” antes, les contestó con silencio. Finalmente, Mitre regresó al país de urgencia y gestionó la llegada de tropas curtidas y pertrechadas con tecnología de punta y se las asignó a Wenceslao Paunero, Antonio Taboada y Juan Arredondo, quienes avanzaron sobre Córdoba.

Paunero y Arredondo se dirigieron a San Luis donde derrotarían decisivamente a Juan Saá en la batalla de San Ignacio. Las esperanzas federal fue destrozadas en esa batalla, pero a Varela las noticias no le habían llegado cuando, camino a tomar Catamarca, se enteró que Taboada estaba saqueando La Rioja. Decide regresar y presentar batalla en las afueras de la ciudad, en el Pozo de Vargas que le dicen, donde sus tropas muertas de sed cargaron contra las defensas liberales. A punto estuvo de prevalecer, pero la indisciplina, el cansancio y la traición lo dejaron solo a último momento y debió huir.

Derrotado pero nunca acabado, Felipe Varela iba a forjar su leyenda a fuerza de perseverancia y terquedad. Con el sueño del triunfo diluido, “El Quijote” demostró su valor lanzándose una y otra vez contra los molinos de Mitre: ahora parecía acorralado en Jáchal y mañana surgía de los montes salteños; decían que estaba en Chile pero tomaba por sorpresa Catamarca. Durante dos años Varela fue un fantasma que golpeaba, corría y volvía golpear. Pero él no quería guerrear así, quería inflamar los espíritus con rumores de nuevos alzamientos, pero se dio cuenta de que las voluntades como la suya escaseaban. Derrotado en su última expedición “grande” desde Bolivia –apenas 200 hombres-, muy enfermo de tisis y agotado moral y económicamente, se fue a Chile a intentar vivir en paz, pero lo único que consiguió fue morir, el 4 de junio de 1870.

¿Qué fue Felipe Varela? Tal vez no fue ni un romántico ni un loco llegado demasiado tarde a la fiesta. Fue un hombre que entendió primero que nadie que Latinoamérica estaba oyendo los concejos viperinos de potencias extrajeras y se iba embarcar en luchas internas que destruían ese plan increíble de Bolívar y San Martín. Fue el último grito desesperado de una casta que se extinguía para siempre de hombres que luchaban y morían por sus ideales, buenos o malos, pero a los que le ponían el pecho. Hombres que, como él, nacieron y murieron rodeados de guerra.